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12 oct 2009
Angélica Perea: La odisea también está detrás de cámaras

Por Martha Ligia Parra. Publicado originalmente en El Heraldo Dominical, a propósito del XIII Salón Internacional del Autor Audiovisual.

La dirección de arte para cine es una tarea desconocida para la mayoría de los espectadores, pero muy importante para el concepto visual y la coherencia estética de una película. Este aspecto, ligado a las Bellas Artes, se encarga de elementos como la escenografía y de todo lo que se ve físicamente en escena: decorados, vestuario, maquillaje y objetos.

La dirección de arte para cine es una tarea desconocida para la mayoría de los espectadores, pero muy importante para el concepto visual y la coherencia estética de una película. Este aspecto, ligado a las Bellas Artes, se encarga de elementos como la escenografía y de todo lo que se ve físicamente en escena: decorados, vestuario, maquillaje y objetos.

El filme Los viajes del viento (2009) de Ciro Guerra es un viaje iniciático, un viaje por el Caribe colombiano que nos conecta con nuestras raíces, música y cultura. Desde el punto de vista de la producción fue un proyecto ambicioso y lleno de desafíos y la dirección de arte —uno de sus grandes aciertos—no lo fue menos. Demandó un trabajo enorme por la cantidad de escenarios exteriores, en poblaciones muy distantes de la geografía colombiana. Además, al tratarse una película de época cuya historia se ubica en 1968, implicó reconstruir casi todo desde cero.

Dominical habló con Angélica Perea, directora de arte de Los viajes del viento, quien estará presente en el Salón Internacional del Autor Audiovisual que tiene lugar esta semana en Barranquilla. Ella nos cuenta cómo, entre otras cosas, durante el rodaje de la película el departamento de arte a su cargo tuvo que construir una casa en lo más alto de una montaña, disfrazar postes para que parecieran árboles, lavar piedras de ríos para hacerlas más blancas, pintar las paredes de un pueblo flotante y crear montañas de sal, todo para hacer más creíbles los escenarios por los cuales transcurre esta odisea fílmica.

Martha Ligia Parra: Háblenos de algo fundamental: la selección de las locaciones, ¿cómo se llevó a cabo este proceso?

Angélica Perea: En abril del 2007 hice el primer viaje a Valledupar, a fin de iniciar la investigación para la recreación del Caribe colombiano en el año de 1968. Había hablado con Ciro Guerra sobre la importancia de contar con paisajes imponentes, lugares donde nunca antes se hubiera realizado una filmación. Él me contó cómo inició su travesía para buscar estos espacios y cuáles eran los que realmente deseaba para la película. Definimos todas las locaciones por donde pasarían Ignacio y Fermín para estudiar los cambios sufridos por estos parajes en esos treinta años.

M.L.P.: ¿Cómo ambientaron los escenarios naturales?

A.P.: En Río de Oro (Cesar) tuvimos que subir por una trocha en fila india durante 30 minutos con la montaña a un costado y al otro el abismo. Subíamos nuestros materiales llevado por un ejército de mulas. Recubrimos techos de pueblos con paja, paredes con adobe, quitamos metros y metros de cercas de los caminos y pastizales, disfrazamos postes de luz como árboles. Cubrimos calles con cercas de bambú y cactus, lavamos piedras de ríos para hacerlas más blancas, pintamos las paredes de un pueblo flotante, hicimos montañas de sal y reconstruimos una casa utilizando el material de las vecinas en un pueblo abandonado. Para los decorados utilizamos materiales orgánicos y elementos de cerámica, cestería, hierro y madera. Seleccionamos burros y caballos con sus monturas. Incluso llegamos a hacer una prueba de versatilidad del burro para montar en una lancha por el río. Escogimos el color y la cantidad de animales en escena. Seleccionamos autos, camiones y carretas para complementar los planos.

El sombrero que lleva Ignacio Carrillo, el protagonista, ¿por qué lo escogieron para su caracterización?

Él no tiene la imagen de un gran intérprete. Queríamos un juglar enigmático. Teniendo esto como premisa dimos ronda a todos los sombreros relacionados con la región, hasta llegar al sombrero wayuu, y en él nos inspiramos.

Este sombrero, usado en La Guajira, y tan poco conocido por las personas del interior del país, reunía varios de los elementos que buscábamos. Lograba ocultar la mirada de Ignacio, su tejido y colorido siempre lo hacían ver como un forastero por donde pasaba. Pero lo que realmente me atrajo de este sombrero es que conectaba a Ignacio con su destino final, como si llevara sobre sus hombros la certeza de pertenecer a La Guajira.

¿Cuál describiría como el mayor reto en los decorados de Los viajes del viento?

El mercado de Mompox. El edificio estaba derruido y aunque había un proyecto de restauración en marcha, el ritmo de su ejecución no servía a la fecha del rodaje. Reforzamos entonces la mano de obra, llevamos los materiales y elaboramos cada uno de los puestos de mercado. Modificamos las ruedas de las carretas, buscamos las mercancías que en ese entonces se movían en el mercado, y de los baúles olvidados de varias casas sacamos los elementos de utilería.

Las escenas que se desarrollan en este mercado tienen un realismo de época, ¿cómo fue el trabajo de vestir a los figurantes en esta escena?

El vestuario de los 130 extras del mercado de Mompox fue confeccionado en su totalidad. Utilizamos gamas de color similares a las de las paredes del edificio para generar una gran masa en lugar de personas sueltas. El vestuario se sometió a múltiples capas de pátina para llegar a la textura necesaria. Para recolectar decenas de sombreros usados, pasamos por las calles de las poblaciones aledañas intercambiando sombreros nuevos por viejos. De esta forma podíamos mostrar el desgaste natural, que en estos tejidos es tan difícil de obtener. Y este trabajo, que nos significó dos meses de reparación del edificio, un mes de confección y pátinas de prendas, dos días de montaje y cinco horas de vestuario y maquillaje, se llevó apenas 20 segundos en pantalla.


 

 
         


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